LA MADRE FELIZ
Por: Javier Del Río Alba –
Arzobispo de Arequipa

En el centro del mes de mayo, mes que los católicos dedicamos de manera especial a la Virgen María, celebramos el Día de la Madre. No podía ser mejor momento, porque en María – mujer perfecta – se nos revela los rasgos del diseño de Dios para una maternidad feliz. Veamos algunos de estos rasgos, según los encontramos en los evangelios.

La joven María estaba ya comprometida con José, pero todavía no vivían juntos cuando el arcángel Gabriel le anunció que concebiría y daría a luz un hijo. Dios cambió los planes de María y ella no se resistió: acogió el plan de Dios y se abrió a la vida a través de un embarazo no previsto ni planificado (Lc 1,26-38). Terminado su encuentro con el arcángel, como este le había dicho que su prima Isabel estaba en cinta, sabiendo María que Isabel era anciana y requeriría de cuidados especiales, «se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña», donde vivía su prima, para asistirla en el embarazo (Lc 1,39).

Una vez nacido Jesús, a quien María dio a luz en un pesebre, ella no comprendía del todo lo que estaba sucediendo; y, en lugar de exigir explicaciones o rebelarse ante lo que sucedía, «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Tiempo más tarde, cuando Jesús tenía 12 años y sus padres lo llevaron a Jerusalén para celebrar la Pascua, Jesús no emprendió el camino de regreso a casa con ellos, sino que, sin avisarles, se quedó en la ciudad. Sus padres, creyendo que estaba en la caravana con los demás niños, cuando se dieron cuenta de su ausencia fueron en su búsqueda y lo encontraron tres días después. María, en lugar de recriminarle con violencia, lo corrigió con palabras llenas de ternura para ayudarle a darse cuenta de la gravedad de su acto: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados» (Lc 2,48).

Pasan los años. Jesús llega a la edad adulta y, estando en una fiesta de bodas en Caná, María se da cuenta de que se ha terminado el vino y sabe que Jesús puede solucionar ese problema. Así, aunque inicialmente Jesús le opone cierta resistencia, logra que haga su primer milagro público: transformar el agua en vino (Jn 2,1-11). De esa manera, como buena madre, animó a su hijo a que pusiera en práctica sus dotes y, al mismo tiempo, salvara la fiesta de los nuevos esposos. Poco después, Jesús deja su pueblo y se va a predicar el Evangelio. María, que todo indica que para entonces era una viuda pobre, no pretende que Jesús, su hijo único, se quede con ella para mantenerla y cuidarla. Respeta su decisión y lo deja libre. Un tiempo después, al igual que los discípulos y otras mujeres, lo seguirá y acompañará en su misión. Y lo hará hasta el final: mientras Jesús agonizaba, al pie de la cruz estaba María, sosteniéndolo con su presencia maternal para que cumpla la voluntad de Dios de dar su vida por la salvación del mundo (Jn 19,25).

He ahí la madre feliz: abierta a la voluntad de Dios, abierta a la vida, atenta a las necesidades de los demás, que sabe corregir con amor a sus hijos, los anima a emprender su propio camino y a hacer la voluntad de Dios, y no les evita el sufrimiento sino que los sostiene cuando les toca pasar por él. ¡Pidamos esto para todas las mamás!

Dejanos un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.