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Datos, algoritmos y dependencia: la soberanía perdida de América Latina
Pedro Rodríguez Chirinos.

RERUM NOVARUM
El colonialismo del siglo XIX se cimentó sobre el control de territorios, recursos minerales y mano de obra. El del siglo XXI, en cambio, opera de forma intangible: su botín son los datos, la infraestructura digital y los algoritmos.
Gran parte de nuestra vida económica, social y política transita por plataformas extranjeras que almacenan información, moldean comportamientos y concentran poder. América Latina consume esta tecnología con avidez, pero no controla sus servidores, sus sistemas de inteligencia artificial, ni las reglas que gobiernan el ecosistema. En esa asimetría, los datos han pasado a ser el recurso geopolítico más valioso de nuestra era.
Este neocolonialismo es tangible en los gestos más cotidianos, desde una búsqueda en la web hasta la compra en línea. A través de las redes sociales, buscadores y aplicaciones móviles, un puñado de corporaciones extrae un flujo masivo ininterrumpido de información sobre hábitos de consumo, comportamientos sociales y preferencias políticas.
No se trata de una amenaza futura, sino de una estructura de poder ya consolidada. Estamos usando software que no nos pertenece. Esa información se almacena en servidores externos y dependemos de sistemas operativos privados. En ello, la región se somete a una profunda vulnerabilidad política y económica.
Actualmente vemos como un oligopolio domina la internet, conformado por: Google, Meta, Amazon y Microsoft. Donde AWS, Microsoft Azure y Google Cloud concentran gran parte del mercado global de nube. Estas corporaciones moldean hábitos de consumo, preferencias culturales e incluso dinámicas políticas.
Para América Latina, que importa más tecnología que la que produce, el costo es tanto económico como político. Mientras, el tráfico digital y la infraestructura de la nube se gestionan fuera de las fronteras, las plataformas globales capturan el valor económico local sin tributar proporcionalmente en las naciones donde operan. La suma de estos factores da como resultado una baja producción tecnológica, transferencia de la riqueza hacia el norte global y una soberanía digital nula en la práctica.
Hoy surgen las críticas, para algunos la digitalización también democratiza el acceso, crea oportunidades y no toda dependencia desde ese punto de vista es colonialismo. Pero también, surgen preguntas muy serias: ¿quién controla realmente los datos?, ¿quién se queda con los dividendos del algoritmo? y sobre todo, ¿quién dicta las reglas de juego global?
Ante este panorama deberíamos desarrollar una agenda de soberanía digital. Esto implica impulsar una industria tecnológica nacional con incentivos fiscales, interoperabilidad estatal, regular las plataformas, fortalecer marcos regulatorios de protección de datos. Podemos tomar en cuenta la experiencia de la Unión Europea, que tiene la ley de IA; donde se invierte en alfabetización en IA, promueve el uso de software libre y financia centros de datos locales.
En el siglo pasado se disputaba territorios y el petróleo, ahora se disputan datos, inteligencia artificial y control algorítmico. America Latina corre el riesgo de volver a ocupar el mismo lugar de proveedora de recursos, pero ajena al poder.
Detrás de cada pantalla, no existe neutralidad tecnológica, sino una disputa silenciosa por el control de los datos, la información y la soberanía. Comprenderlo es el primer paso para dejar de ser el territorio conquistado del siglo XXI.
