UN PAÍS ESTABLE, PERO SOCIALMENTE FRÁGIL

Por: Carlos Meneses

El próximo gobierno tendrá la responsabilidad de enfrentar una tarea compleja: mantener la estabilidad económica sin dejar de atender el creciente malestar social. El país requiere instituciones sólidas, inversión sostenida y, sobre todo, un Estado capaz de responder con eficiencia a las necesidades de la población. Sin resultados concretos, la estabilidad económica seguirá siendo insuficiente para millones de peruanos.

El Perú inicia una nueva etapa política en medio de una realidad contradictoria. Por un lado, mantiene indicadores económicos que reflejan estabilidad y capacidad de resistencia frente a escenarios adversos. Por otro, millones de ciudadanos continúan enfrentando problemas cotidianos vinculados a la informalidad, la pobreza y la falta de servicios públicos eficientes. Esa dualidad define hoy el principal desafío nacional: sostener el crecimiento económico mientras se atienden las profundas brechas sociales acumuladas durante años.

Recientes declaraciones de economistas ponen sobre la mesa una preocupación cada vez más evidente. El país puede mostrar cifras macroeconómicas favorables, pero eso no garantiza automáticamente bienestar para la mayoría de la población. La estabilidad monetaria y el control de la inflación son importantes, aunque insuficientes cuando persisten problemas estructurales que afectan directamente la calidad de vida de los peruanos.

En los últimos años, la crisis política deterioró seriamente la confianza en las instituciones. La confrontación constante entre poderes del Estado, la inestabilidad presidencial y la improvisación legislativa terminaron debilitando la gobernabilidad. En ese contexto, el retorno de la bicameralidad aparece como una reforma que podría contribuir a mejorar el sistema político y evitar decisiones apresuradas que terminen afectando al país.

La futura implementación del Senado representa la posibilidad de construir espacios de mayor análisis técnico y control legislativo. El Perú necesita recuperar seriedad institucional y reducir el impacto del populismo político que ha marcado buena parte de los últimos periodos parlamentarios. Para el sector privado y los inversionistas, contar con reglas claras y estabilidad institucional resulta fundamental para sostener la inversión y el crecimiento.

No obstante, el problema más delicado continúa siendo social. Miles de familias viven en condiciones de vulnerabilidad económica permanente. Basta una enfermedad, la pérdida del empleo o una paralización de actividades para que muchos hogares retrocedan rápidamente hacia la pobreza. La informalidad sigue siendo el principal refugio laboral de millones de peruanos y refleja las limitaciones históricas del Estado para generar oportunidades sostenibles.

En regiones del sur como Arequipa, el potencial económico es enorme gracias a los proyectos mineros, energéticos y de infraestructura previstos para los próximos años. Sin embargo, ese desarrollo continúa enfrentando trabas relacionadas con la burocracia, la débil ejecución pública y la escasa coordinación entre Lima y las regiones.

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