UN VIAJE AL ENCUENTRO DE LA VERDAD (1° parte)
Por Dr. Juan Manuel Zevallos.
“Un día un padre le dijo a su hijo: Te veo incompetente para hacerte cargo de la empresa familiar y a la vez lo suficientemente irresponsable como para enviarte a estudiar a una universidad de reconocido prestigio mundial. El hijo contempló a su padre y suavemente exclamó: Un día descubriste que el mundo de la responsabilidad se basaba en hacer lo que otros te decían que debías de hacer ya que socialmente era lo correcto y te ha ido relativamente bien en la vida; un día yo descubrí que aquello que la gente considera correcto puede ser incorrecto y que mi supuesta irresponsabilidad puede ser en verdad la mayor muestra de responsabilidad que puedo tener al decidir lo que debo hacer porque siento que es lo más adecuado para mí y porque así lo he analizado; lo que fue bueno para ti, no necesariamente será bueno para mí y tu camino nunca será el mío”.
En verdad cada padre desearía que su hijo recorriera el mismo camino que ellos han recorrido, aunque con la ventaja obtenida por ya saber que adversidades pueden presentarse el en recorrido. Erróneamente pensamos que lo que es bueno para uno puede ser bueno para los demás. Hay gente que llega hasta pensar que es una buena consejera porque ayuda a solucionar los problemas que son planteados por los demás.
No tenemos la capacidad plena para solucionar nuestras “situaciones difíciles” y por ende difícilmente podrás solucionar las circunstancias difíciles ajenas. Cada vez que alguien nos pide una solución a sus problemas lo único que hacemos es dar un punto de vista basado en las experiencias que nos han tocado vivir. No podemos ingresar a la mente y a la historia de otro ser humano con el fin de analizar objetivamente aquellos episodios de su vida que conllevaron a vivir la situación actual y que determinaron a la vez el modo de pensar que se tiene sobre lo vivido.
Siempre seremos seres ajenos a la existencia de otros, pero eso no significa que podamos de algún modo ser modelos de formación. Es bueno recoger las experiencias positivas de aquellos que nos antecedieron en la vivencia de lo que hoy nos ofrece la vida, pero debemos de recordar que cada uno aprende a cocinar de un modo distinto y que nadie escribe de la misma manera la misma palabra. Cada uno desarrolla a lo largo de su existencia una serie de estrategias y hace uso de diversas herramientas para lograr el resultado que añoran. Es decir: cada uno perfecciona y hace suyo el aprendizaje proyectado por el maestro.
Durante muchos años el modo de enseñanza a nivel mundial se basa en la crítica de lo aprendido y la frase que acompañaba a cada nuevo discípulo era: “seré mejor que mi maestro” y muchos maestros realmente anhelaban dicha realidad.
La realidad ha tenido muchos cambios en los últimos treinta años y hemos pasado del mundo industrializado al mundo tecnológico del siglo XXI. Cada vez se descubren nuevos modos y formas, el saber crece exponencialmente, pero la educación en muchos lugares del mundo se ha estancado y hasta a involucionado. El espíritu crítico ha desaparecido en muchos centros de enseñanza, ahora el axioma académico se basa prioritariamente en repetir todo aquello que me han enseñado.
Muchas personas se creen hoy dueñas de la verdad y desean imponer su visión del mundo y las formas bajo las cuales otros deben de desenvolverse. Asumen que tienen la verdad en sus manos y que solo bajo su protección podremos alcanzar el éxito.
Hoy nos vamos automatizando cada vez más, copiamos modelos y no los mejoramos, nos llenamos de una serie de conceptos que acaban literalmente hablando limitando nuestro desarrollo cognoscitivo. Somos fotocopias de otras personas fotocopias que recorren el mismo camino que recorremos y que cada día hacen lo mismo.
Hemos perdido originalidad y aquellos pocos que se rebelan a esta realidad o son apabullados por la crítica o social o alcanzan un nivel de desarrollo económico pocas veces visto antes en la historia de la humanidad.
Los innovadores son pocos, los conformistas y rutinarios son millones. Deseamos vivir una realidad distinta y perseveramos en su creación diaria. Necesitamos alimentarnos de un aire nuevo que nos lleve de identidad y compromiso, que nos eleve sobre la mediocridad que nos rodea y que nos permita ver más allá de nuestros ojos.
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Durante muchos años pensé que mi familia era mala, que la maldad era fruto de algo que habían hecho mal mis padres antes de concebirme o que era un castigo por ser diferente. Las experiencias que tuve de pequeña me dictan o más bien me llevaban a definir a cada ser humano que me rodeaba como bueno o como malo. El mundo me había enseñado a poner etiquetas en base a aquello que sentía. Si era gozo lo que inundaba mi ser entonces debería de definirte como una persona buena, pero si aquello que habías hecho me generaba molestia o disgusto, entonces debías de ser mala. Pero no siempre podía definir como buena a la misma persona. Cuando alguien que consideraba buena me negaba algo de pronto pasaba a ser mala y si alguien que desde mis conceptos era mala, pero por alguna razón desconocida me regala algo que hubiera anhelado entonces ya no era mala, era buena.
Así pasé una época importante de mi vida, viendo como la gente que me envolvía cambiaba de color, del blanco al negro, de la bondad a la maldad.
No podría decirles si esa fue una época bonita. Solo fue un tiempo que me tocó vivir.
Hoy puedo afirmar, gracias a una forma de ver las cosas de modo distinto, que no hay personas buenas ni malas en el mundo, solo hay personas.
