Memoria del bien perdido

Por Pamela Cáceres

En 1609, hace más de cuatrocientos años, un sexagenario cusqueño asentado en Córdoba vio publicados sus “Comentarios Reales de los Incas”, un voluminoso texto que intentaba reconstruir la memoria de un imperio extinto. Inca Garcilaso de la Vega, el mestizo, el bastardo cusqueño, fue el primero y quizá el fundador de una tradición escritural cusqueña signada por la memoria.

La memoria de lo perdido es una suerte de anatema que ha sobrevivido, transformada y adecuada, por más de cuatro siglos en las letras cusqueñas. Su uso inicia en los “Comentarios Reales”, texto cuya escritura necesitó de los dolidos recuerdos de los parientes incas del joven Gómez Suarez de Figueroa, quien durante su estancia en Cusco escuchaba las historias de sus tíos Paullo y Titu, hijos legítimos de Huaynacapac, que escaparon a la matanza que Atahuallpa había ordenado para deshacerse de la nobleza cusqueña. De las grandezas y prosperidades pasadas venían a las cosas presentes, lloraban sus Reyes muertos, enajenado su Imperio y acabada su república, etc. Estas y otras semejantes pláticas tenían los Incas y Pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido siempre acababan su conversación en lágrimas y llanto, diciendo: «Trocósenos el reinar en vasallaje».

Garcilaso tuvo otras fuentes de memoria, sus condiscípulos cusqueños, que sabiendo que un paisano suyo escribiría en España la historia de su imperio, recopilaron información y se la enviaron hasta la Península: Los condiscípulos, tomando de veras lo que les pedí, cada cual de ellos dio cuenta de mi intención a su madre y parientes, los cuales, sabiendo que un indio, hijo de su tierra, quería escribir los sucesos de ella, sacaron de sus archivos las relaciones que tenían de sus historias y me las enviaron, y así tuve la noticia de los hechos y conquistas de cada Inca, que es la misma que los historiadores españoles tuvieron, sino que está será más larga, como lo advertiremos en muchas partes de ella.

Inca Garcilaso alimentado de recuerdos suyos y ajenos los contrasta con lo publicado por cronistas como el padre Valera, Francisco López de Gómara o Pedro Cieza de León, y si lo escrito coincide con la memoria lo confirma en los Comentarios y si no, se da la libertad de contradecir versiones escritas. Se ubica así en una posición privilegiada, la del mestizo que, como dice él, ha mamado en la leche la lengua general del Cusco y recibido la memoria de las propias manos de los Incas: “Y certifico que las hallé después de haberlo yo escrito, para que se crea que en ninguna cosa de estas sigo a los españoles: sino que, cuando los hallo, huelgo de alegarlos en confirmación de lo que oí a los míos de su antigua tradición”.

Así, es la memoria la que el Inca privilegia, la memoria es su fuente primaria y en ocasiones haciendo uso de la destreza en la escritura, el Inca conversa con ella y le regaña por ser tan frágil.

Los Comentarios inauguran en la literatura cusqueña una especie de memoria histórica que sirve de fundamento para fabular y poetizar. Es “la pasión por la escritura” que según el historiador Serge Gruzinki está vinculada con frecuencia a la voluntad de sobrevivencia, de salvar la memoria del linaje y de la comunidad, a la intención de conservar las identidades y los bienes”

Por supuesto, el uso de la escritura para conservar la memoria, no solamente obedece a la intensión de guardar una identidad en peligro de perderse, el uso de la escritura simboliza también una voluntad de pertenencia a la cultura occidental. Garcilaso tiene la intención de que sus lectores sepan del fenecido Imperio de los Incas, pero al mismo tiempo espera ser reconocido por su maestría en el manejo del código literario. Los Comentarios, no son una simple relación de eventos históricos, en ellos, El Inca hace uso de técnicas literarias. Por ejemplo, cuando se está relatando que los chancas se encuentran a punto de invadir la ciudad del Cusco y que el Inca Yahuar Huaca temeroso decide huir y abandona la capital incaica, el narrador, justo en ese momento, detiene el hilo narrativo y concluye el libro cuarto y en los siguientes diecisiete capítulos del libro quinto pasa a describir los usos y costumbres de los incas, dejándonos a los lectores en una exasperante curiosidad por saber el desenlace de la invasión de los chancas, que motiva a continuar la lectura con avidez.

La utilización de diversos recursos narrativos confirma que el autor guardaba no solamente aspiraciones históricas sino literarias. Es paradójico que años después, su valor como historiador haya sido seriamente cuestionada, mientras que su valor literario sigue creciendo, así ya lo expresa el mismo José de la Riva Agüero en una conferencia por los cuatrocientos años del nacimiento del Inca Garcilaso de la Vega: Tampoco era él un frío y mediocre amontonador de datos; también descubría y realzaba las líneas capitales y dominantes de una cultura y de una época; también, bajo las apariencias materiales, reconocía el íntimo espíritu, y sabía expresarlo; también en su ánimo hablaban los profundos instintos adivinadores del misterio de las razas y las estirpes. ¿Cómo no había de reputársele displicentemente un soñador, un iluso, un caprichoso poeta en prosa?

Los Comentarios Reales constituyen una especie de crisol donde convergen la memoria oral del bien perdido y el manejo de un código literario, la intensión de conservar una identidad y la intensión de asumir una nueva, la escritura asume una función ambigua y subrepticia: aseguraba el salvamiento de las “antigüedades” a costa de una mutación imperceptible que fue también una colonización de la expresión. Y escritores cusqueños de todos los tiempos quienes incluyendo visiones e ideología específicas de sus contextos seguirán transformándola.

El historiador Alberto Flores Galindo propone la existencia de diversas memorias históricas: la académica que pertenece a ámbitos universitarios, la informal de intelectuales provincianos y la memoria histórica oral. Es en el segundo tipo, donde se incluyen quienes producen textos literarios la práctica histórica informal, ejecutada por autodidactas de provincia que han sentido la obligación de componer una monografía sobre su pueblo o su localidad y quienes por supuesto guardan características socioeconómicas que les permiten acceder a la utilización de un código literario escrito, para intentar guardar una memoria pero también para expresar contradicciones propias de su tiempo.

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