Me tengo que ir

Por Guillermo Charcahuana

Mi querido amigo Shakesvantes, me tengo que ir:

Recuerdo con cariño y nostalgia aquellos comienzos de otoño en los cuales nos conocimos. Nos sentimos ambos, con ganas de reconocer nuestros límites, fortalezas y debilidades juntos, reímos, lloramos, debatimos sin descanso hasta terminar entre música de salón, copas vacías y colillas de cigarros, que por alguna razón siempre terminaban en tu mitad imaginaria de la mesa, debates que muchos considerarían sin sentido alguno o incluso infructuosos.

Pero hoy, hoy, mi querido amigo, tengo que reconocer que nos hemos mezclado tanto, que nuestros límites se han hecho un «antitodo» que hace más mal que bien, confunde al extranjero cuando pregunta por nuestros nombres, no nos distingue y eso, justo eso nos está haciendo daño.

Es verdad que ambos caminamos bajo esta enorme acera llamada «Lenguaje», pero mientras nuestro sentido siempre será el norte, nuestros objetivos no son iguales: Yo examino cada piedra del camino, mi curiosidad me mueve a pensar por si existirá algún mágico constructor de este sendero, qué materiales usó para tal fin o si se puede llegar a construir veredas para los perros, gatos o ratones. Mientras tanto tú, mi querido amigo, vas por la vereda pensando en qué puedes hacer con ella, si puedes pintarla con franjas de color arcoíris, cuadraditos intercalados, si das pasitos cortos o si son mejor las largas zancadas o si al final, es mejor correr sin mirar atrás. Por eso al final del recorrido, las señoras que vienen del mercado, los albañiles con ropas sudorosas, los abogados de vistosos cartapacios no saben quién eres tú y quién soy yo. Ambos sabemos que nuestro deber primordial es transmitir nuestros saberes, pero te he visto mirar con cierto sopor y desgano mi comida y bebida, no me quejo, te acepto porque creo que quizá puedas querer un poco, lo sé, lo mío es algo soso, lineal, estructurado y hasta aburrido, pero es lo que me impulsa. Por mi parte, no lo niego, a veces me es intrigante tu forma de ver el mundo, la crítica y el empeño en hablar de antiguos caminantes, de sus huellas y pisadas, si dejaron barro o si el brillo de sus zapatos aún se puede distinguir en la distancia, pero me ocurre igual, no logro seguirte el ritmo y cuando me doy cuenta, me quedo sin respuestas.

Quizá podamos sostenernos en momentos de cansancio, quizá necesitemos esos nuestros hombros «interdisciplinarios» para apoyarnos cuando la duda cansada nos asalte, pero hoy, debo ponerme los zapatos de la ciencia, acomodar mi traje bajo las reglas del «método científico» mientras planeo qué puedo hacer para mejorar y ayudarnos mientras lo necesites y dejar que tus botas del arte te puedan ayudar ante esos charcos pestilentes de la crítica velada o contundente.

Necesito cultivar mi identidad, necesito que mis falencias y logros no te afecten, necesito ser yo quien se equivoque y no quedar tras tu sombra para justificar mi inoperancia, necesito ser yo, por eso mi querido amigo, hoy tengo que despedirme porque al final, veo otras veredas, a otros caminantes y sé que mi carga es poca para donde debo ir, me faltan bastantes herramientas que olvidé mientras avanzaba y mi mochila vacía me da más problemas a futuro.

Sé que también tienes cosas que hacer a solas, tareas que no necesitan mi sugerencia o calificación, intentos y nuevas perspectivas que tú y sólo tú puedes entender y comprender.

Pero prometo estar allí cuando lo necesites, vinimos juntos tiempo atrás, pero por ahora como dirían por allí, no será un adiós si no un hasta pronto. Aunque hoy nuestros caminos se bifurquen, siempre estaremos unidos por el lenguaje, nuestra fuente común de vida e inspiración.

Dejanos un comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked with *.