Competitividad en pausa: el costo de una mala gestión
Por: Carlos Meneses
Arequipa posee talento, recursos naturales, potencial económico y una ubicación estratégica privilegiada. Lo que necesita ahora es liderazgo, planificación y capacidad de ejecución. La competitividad no se conserva por inercia; se construye con decisiones oportunas y resultados concretos. El desafío ya no es mantenerse entre las mejores regiones del Perú, sino recuperar el dinamismo necesario para competir con las ciudades más desarrolladas de América Latina. Ese debe ser el verdadero objetivo.
Arequipa mantiene el tercer lugar en el Índice de Competitividad Regional (INCORE) 2026. A primera vista, el resultado podría interpretarse como una señal de estabilidad y fortaleza. Sin embargo, una lectura más profunda del informe del Instituto Peruano de Economía revela una realidad distinta: la región ha dejado de avanzar al ritmo que exige un entorno cada vez más competitivo. Permanecer en el podio ya no basta cuando los indicadores que sostienen el desarrollo empiezan a deteriorarse.
Los retrocesos en mercado laboral, infraestructura y salud constituyen una seria llamada de atención. Son precisamente estos tres pilares los que determinan la capacidad de una región para atraer inversiones, generar empleo de calidad y garantizar bienestar a su población. Si estas bases se debilitan, también lo hace el futuro económico de Arequipa.
El descenso de los ingresos laborales refleja una pérdida de productividad que termina afectando directamente el poder adquisitivo de miles de familias. Aunque Arequipa conserva una fuerza laboral con alto nivel educativo, ese capital humano no está siendo aprovechado plenamente para generar mayores oportunidades ni mejores remuneraciones. Formar profesionales es importante, pero aún más lo es crear las condiciones para que desarrollen todo su potencial.
En infraestructura, las cifras también muestran una preocupante contradicción. La región cuenta con una de las mayores continuidades en el servicio de agua potable del país, pero al mismo tiempo pierde cerca de un tercio del recurso en las redes de distribución y ha reducido la cobertura de hogares conectados. Estos problemas evidencian que la eficiencia en la gestión sigue siendo la gran tarea pendiente. Una infraestructura deficiente no solo perjudica a los ciudadanos, sino que también resta competitividad frente a otras regiones y desincentiva nuevas inversiones.
Más preocupante aún es la situación del sector Salud. La disminución de la cobertura de vacunación infantil y el incremento del desabastecimiento de medicamentos revelan fallas que trascienden las estadísticas. Detrás de cada indicador existen pacientes que esperan atención, niños que no reciben protección oportuna y familias que enfrentan un sistema incapaz de responder a sus necesidades. Una población menos saludable significa también una economía menos productiva.
A ello se suma la inseguridad ciudadana, otro factor que deteriora la calidad de vida y afecta el clima para la inversión. Ninguna región puede aspirar a consolidar su desarrollo cuando la delincuencia se convierte en una preocupación cotidiana para ciudadanos y empresarios.
El diagnóstico del INCORE deja una conclusión ineludible: el principal problema de Arequipa no es la escasez de recursos, sino la limitada capacidad para administrarlos con eficiencia. Los miles de millones de soles comprometidos en obras paralizadas son la prueba más evidente de que la gestión pública continúa siendo el mayor obstáculo para el progreso regional.
