NO PUEDO VIVIR SIN MÍ

Querido lector: La pregunta que me hago hoy también puede ser asunto suyo: ¿qué lugar ocupa uno en su propia vida?
Porque sabemos bastante de los demás. Dónde están las personas que queremos, qué les preocupa y qué necesitan. Sabemos llamar cuando hay un enfermo, correr cuando nos necesitan y encontrar tiempo para los demás. Hasta tenemos ordenada nuestra pirámide afectiva: este primero, aquel segundo, el otro después… y nosotros, bueno, ya veremos dónde entramos.
Hemos aprendido que pensar en uno mismo es señal de egoísmo. «¿Cómo te atreves a ponerte primero?», decimos. Y así terminamos acostumbrándonos a ser los últimos, como si sacrificarnos siempre fuera una virtud y ocuparnos de nosotros mismos, una falta.
Pero no todo amor propio es egoísmo. Quererse, reconocerse y cuidarse no significa mirar al prójimo por encima del hombro. Significa entender algo sencillo: nuestra propia vida también merece cuidado y respeto.
¿Y por qué habría de ser egoísta cuidar nuestra dignidad, nuestra tranquilidad y nuestro bienestar? Quizá el amor responsable hacia los demás comience precisamente allí. Cuando uno está bien consigo mismo, esa serenidad también alcanza a la familia, a las amistades y a nuestra manera de relacionarnos con la sociedad.
Porque quien no se aprecia difícilmente podrá ayudar a otro a descubrir cuánto vale. Quien nunca se escucha puede terminar confundiendo sacrificio con abandono de sí mismo. Y quien siempre se deja para después corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que pasó la vida atendiendo a todos menos a quien también necesitaba de él.
Por eso hoy me concedo una pequeña licencia para hacer mía una frase que me causa gracia: «No puedo vivir sin mí». No es una declaración de vanidad. Es, más bien, una obligación personal.
Si hay alguien que debería acompañarme todos los días, en los buenos y en los malos momentos, ese alguien soy yo. Y lo mismo vale para cada uno de ustedes.
A estas alturas de la vida, uno empieza a mirar el tiempo de otra manera. Algunos que estuvieron a nuestro lado tomaron otros caminos. Otros ya se fueron. Y comprendemos que la muerte no es una posibilidad reservada para los demás. Es parte de la vida y, tarde o temprano, nos llegará.
La arena de nuestro reloj no pregunta si terminamos nuestros asuntos. Simplemente sus granos siguen cayendo. Y aparecen las preguntas incómodas: ¿qué dejamos pendiente?, ¿qué pasión abandonamos por miedo o por cumplir siempre con alguien más?, ¿cuántas veces dijimos «después» hasta que ese después se convirtió en nunca?
No se trata de vivir irresponsablemente ni de decir «primero yo» como quien se apodera del último pedazo de torta. Se trata de no desaparecer de nuestra propia historia.
Esta reflexión tiene hoy un significado especial para mí. Hoy es mi cumpleaños y hago una pausa para agradecer lo vivido: los aciertos, los errores, lo pequeño y lo aparentemente grande. Las personas que me acompañaron, las que llegaron y también las que se fueron. Todo eso forma parte de la vida de uno mismo.
Y es una buena ocasión para preguntarnos qué estamos haciendo con el tiempo que todavía tenemos.
Tal vez usted también se haya acostumbrado a cuidar a todos y haya olvidado preguntarse cómo está usted. Tal vez ha postergado algún deseo, alguna conversación, algún proyecto o simplemente ese momento de estar consigo mismo sin sentirse culpable.
Por eso, de vez en cuando, búsquese. No para ponerse por encima de nadie, sino para volverse a encontrar. No para dejar de querer a los demás, sino para recordar que usted también forma parte de ese amor. Porque si uno no piensa también en sí mismo, ¿quién lo hará? Y si no es ahora, ¿cuándo será?
Después de todo, querido lector, usted tampoco puede vivir sin usted.
Y si alguna frase merece un lugar grande en nuestra pared, esta podría ser: «Si hay alguien que debería estar conmigo todo el tiempo, ese alguien soy yo».
