¿CENICIENTA POR SIEMPRE?
Soy Cenicienta. No es importante el nombre que tenga sino aquello que siento; no es importante el trato que me dé la gente lo fundamental es el trato que me otorgue. No voy a volver a llorar “por sentirme miserable”. Es mi compromiso no volver a hacerle caso a aquello que pueda decir la gente de mí. No soy buena ni mala. Soy Cenicienta, una mujer que aprendió a vivir, luego de haber derramado tantas lágrimas, luego de haber dejado postergados tantos sueños.
Soy Cenicienta y mi nombre no es feo, es el más bonito que pudiera tener. Me agrada el color de mis ojos, el tinte canela de mi piel y aquellas cicatrices que adornan las distintas partes de mi cuerpo, que me hacen recordar “ese lugar de donde vine” y me comprometen a llevarlas a “ese lugar a donde voy”.
No me importa si el mundo me define como gorda o como delgada, si mi aspecto físico atrae o genera un rechazo a primera impresión. La belleza habita en el ojo de aquel que aprecia el mundo, pero los ojos muchas veces tienen problemas para definir adecuadamente el concepto de belleza. Amo cada parte de mi cuerpo y, al haber interiorizado que son el bien más valioso que tengo, nunca permitiré que persona alguna me haga daño.
También he aprendido que soy dueña de mis pensamientos y emociones y que son las únicas responsables del estado emocional que experimento hoy.
Sé que a lo largo de muchos años he llenado y, a la vez, he permitido que otros llenen mi mente con conceptos basura, con violencia, agresiones y sentimientos de minusvalía; esta mente mía ha estado cargada de sentimientos de culpa, miedos inexplicables y penumbras de autodestrucción. ¿Cómo puede un ser humano llegar a un estado de autodestrucción y automutilación tal? Es difícil alcanzar una explicación. Sin darnos cuenta, iniciamos un día el recorrido de un camino minado que va lastimándonos poco a poco hasta generarnos una invalidez en la razón. Un día perdemos, sin darnos cuenta, un concepto valioso: el amor por la vida. Un día, sin darnos cuenta, renunciamos a nuestro derecho irrestricto de ser felices y lo más lamentable de todo es que firmamos ese documento mental con los ojos cerrados y la mente confundida.
De pronto, la vida se vuelve atroz, nos enfrentamos hermanos con hermanos y buscamos destruir a todo aquel que se interponga en nuestro camino “hacia la supuesta felicidad”. Pero ¿qué es esa felicidad que nos trata de vender ese contrato de infamia? No es más que el consumismo, la necesidad de alcanzar bienes materiales para supuestamente estar bien o la obligación de desarrollar una supuesta silueta física para ser aclamada por el mundo.
Tantos años que he vivido en dicho estado de miseria me han hecho pensar que en realidad no necesitamos nada de lo que tenemos y que, si todos los seres humanos pudiéramos renunciar a la propiedad privada, habría más justicia social, pero, aun así, ello no resolvería los problemas de la gente que habita en el mundo.
La vida es como una escuela en donde se nos brinda la oportunidad de asistir a una serie de cursos libres. Unos eligen la ciencia y “el supuesto conocimiento” y, al paso de los años, se gradúan como especialistas en un área del saber humano, pero “nada más”. Alcanzan un alto desarrollo en un apartado del desarrollo personal, pero mantienen una gran ignorancia en desarrollo emocional, espiritual, en comprensión, gratitud y solidaridad.
“Solo sé que nada sé”. ¡Qué frase más maravillosa y cuánta validez presenta en los tiempos actuales! Cada día somos más ignorantes en más conceptos de la ciencia y, lo peor de todo, es que somos cada vez más ignorantes en temas del conocimiento humano.
Nos desconocemos, firmamos actas de autoagresión constante y luego nos enfrentamos al mundo y vivimos en un mundo de violencia constante. Nos apena vivir en un mundo donde la cultura de paz se va extinguiendo e irresponsablemente seguimos destruyéndonos y echando la vida a aquellos que nos envuelven.
Es hora de despertar, amigas, compañeras de este viaje estelar en donde la esperanza no puede claudicar y en donde la fe es aquella que nos permitirá remover aquellos contratos de destrucción masiva que hayamos firmado inconscientemente a lo largo de los años y que nos han generado más insatisfacción.
Es hora de pensar con hidalguía y responsabilidad. No podemos seguir siendo víctimas del afán compulsivo de unos pocos por seguir acumulando riqueza a costa de nuestra miseria existencial. No necesitamos todo aquello que nos venden los medios de comunicación para ser felices, somos felices desde siempre.
Te invito a que recuerdes tus primeros años de vida y que te sumerjas durante unos momentos en las aguas cálidas de aquella inocencia, de aquel disfrutar por cada momento y de la primacía que tenía el derecho a vivir.
Eres un ser maravilloso, eres un diamante que un día se vistió de negro y que pensó que era un triste carbón sin valor. Hoy yo vengo y te digo que eres un diamante de luz y te digo más: no importa si eres un carbón o un diamante, al final de cuentas, son lo mismo, dos piedras que están en un distinto tipo de desarrollo. Si naciste diamante, vuelve a brillar, y si naciste carbón, siente la vida recorrer cada poro de tu cuerpo y siente que eres un diamante en flor.
Eres maravillosa y me alegra contemplarte desde este paraje donde me encuentro. Me alegra sentir el calor del sol y me deleito con este paisaje de colores. No sé dónde estás, pero siento tu presencia allá afuera; de seguro que pronto nos encontraremos.
