SIN PENSAR, JUZGAMOS.
Por Ricardo Lucano.

Hay una forma de dejar de pensar que no consiste en guardar silencio, sino en repetir lo que otros nos enseñaron a considerar correcto. Dietrich Bonhoeffer, teólogo alemán, reflexionó sobre la renuncia al juicio propio y la facilidad con que las personas pueden abandonar su capacidad crítica para aceptar ideas y comportamientos establecidos. Su reflexión nos conduce a una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que pensamos realmente nos pertenece?

Esta interrogante también alcanza nuestra manera de interpretar el pasado prehispánico. Basta observar los llamados huacos eróticos de la cultura mochica para encontrar opiniones que, antes de intentar comprenderlos, los califican desde categorías morales contemporáneas. Nos sorprenden sus representaciones del cuerpo, la sexualidad y la reproducción, pero pocas veces nos detenemos a preguntar qué significaban dentro de aquella sociedad.

Se trata de recuperar algo elemental: ninguna sociedad puede ser comprendida plenamente si la obligamos a responder las preguntas de otra. Los ceramios mochicas no fueron elaborados para satisfacer nuestra sensibilidad actual, ni sus creadores tuvieron necesariamente nuestras concepciones sobre el cuerpo, la intimidad o lo permitido.

La arqueología nos ofrece una oportunidad extraordinaria. Cada representación constituye una evidencia que necesita contexto, comparación y estudio. No podemos convertir una imagen en explicación absoluta de toda una cultura, pero tampoco reducirla a una expresión exótica u obscena porque contradice nuestras costumbres.

Quizá hemos aprendido a mirar el mundo desde divisiones demasiado estrechas: bueno y malo, correcto e incorrecto, permitido y prohibido. Son categorías que forman parte de determinadas experiencias históricas, pero no explican la totalidad de las relaciones humanas. Las sociedades prehispánicas desarrollaron sus propios universos simbólicos y formas de relacionarse con la naturaleza, la fecundidad, el nacimiento y la muerte.

En distintas geografías del mundo encontramos representaciones del cuerpo y de la reproducción vinculadas a particulares concepciones de la naturaleza y la existencia. No significa que todas las sociedades compartan un mismo origen o pensamiento, sino que la diversidad de la experiencia humana merece ser estudiada sin establecer jerarquías apresuradas de civilización y barbarie.

Desde nuestra condición andina, recuperar la mirada de nuestros antepasados no significa idealizarlos ni imaginar que todo lo antiguo fue mejor. Significa reconocer que tuvieron sus propias maneras de comprender y representar la existencia. Sus ceramios no son simples objetos para nuestra contemplación: constituyen testimonios de una experiencia humana que todavía necesitamos interpretar.

Quizá aquí se encuentre el verdadero desafío: aprender a mirar sin imponer, preguntar sin condenar y comprender sin pretender que el pasado confirme nuestras propias certezas. La reflexión de Bonhoeffer sobre la renuncia al juicio propio adquiere entonces otra dimensión: dejamos de pensar cuando aceptamos prejuicios sin examinarlos, pero también cuando confundimos nuestra formación cultural con una verdad universal.

Nuestros antepasados no necesitan parecerse a nosotros para tener un lugar digno en nuestra memoria. Necesitamos recuperar la capacidad de aproximarnos a su mundo con curiosidad, respeto y pensamiento crítico. Porque estudiar el pasado no consiste en convertirlo en un espejo de nuestras convicciones, sino en reconocer que hubo otras maneras de habitar el cuerpo, relacionarse con la naturaleza y comprender la vida. Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de la arqueología: cuanto más aprendemos a escuchar las voces materiales de otras sociedades, más comprendemos los límites de nuestra propia mirada.

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