Están por todos lados

Estoy a poco menos de una cuadra de la radio. Camino sin prisa mientras ordeno en mi mente algunas cosas que mencionaré en mi programa. A tan solo algunos pasos de la puerta, veo a un hombre apoyado en las rejas del parque. Pareciera que estuviera elucubrando con la mirada perdida entre los árboles y los arbustos, pero no está elucubrando nada: está orinando sobre las flores del parque, entre la reja y el césped.
Desde la entrada de la radio, le pregunto qué es lo que más o menos cree que está haciendo. Me mira y voltea el rostro, como si se hubiera dado cuenta de que a él no le estaban hablando, y continúa con su cometido. Y, a través de palabras que no pierden la cordura pero que tienen bien puestos los puntos sobre las íes, insisto con mi pregunta y, como no me interesa su respuesta, hago de su conocimiento que su actuar es de lo más burdo. Como este ser viviente no había terminado su vulgar tarea, no tuvo más remedio que escucharme. Por supuesto, mis palabras le importaron muy poco o, más bien, nada.
Entro a la radio y, mientras me preparo para empezar mi programa, doy vueltas en mi cabeza a lo que acababa de ocurrir. De pronto, pienso: «¡Eso es!». En un par de segundos, tenía todo claro. Es por personas como esta que otras hacen lo que hacen. Me explico:
Tantos candidatos en los que súbitamente nacieron las ganas inconmensurables de trabajar y sacar adelante a nuestro Perú. Lo que, por supuesto, no resulta extraño; no porque creamos en su infinito amor a la patria, sino porque no causa sorpresa: sabemos cuál podría ser el fin último, sacar algún provecho personal —o, mejor, varios—. Y estos candidatos tan solícitos y acuciosos saben que vale la pena el bailecito y el disparate ante las cámaras porque pueden alcanzar algún cargo político, y del otro lado estarán esos señores que orinan en los parques a la luz del hermoso sol de otoño.
Es decir, cuando muchos —no todos, pero sí muchos— deciden postular a algún cargo político con la intención de llevar a casa algo más que el sueldo, no están pensando en las personas íntegras y con clase —que por supuesto existen en este país—, sino que están pensando en los que orinan en cualquier poste, en los que tiran basura a la calle, en los que malogran, molestan, ensucian, hacen ruido, contaminan y sobornan (sí, la coima). Y en sus cabecitas piensan en la gente que es así, porque ellos les hacen el camino más fácil; algo como en tierra de ciegos, el tuerto es rey.
No sé qué porcentaje de la población abarca la gente que parece no haber aprendido nada, pero son muchos y están por todos lados.
