Perú sin brújula: una década perdida para el crecimiento

Por Carlos Meneses

Porque si algo ha quedado claro en esta década perdida, es que crecer sin rumbo es, en realidad, no avanzar.

Las palabras de Paul Castillo no deberían pasar como una advertencia más en el debate económico. Cuando el gerente del Banco Central de Reserva del Perú afirma que el país ha “perdido el rumbo” en materia de crecimiento durante la última década, lo que está en juego no es una cifra técnica, sino el futuro de millones de peruanos.

Perú no solo dejó de crecer al ritmo que lo caracterizó en los años previos, sino que además desperdició un contexto internacional favorable. Mientras otras economías aprovecharon los ciclos externos para fortalecer su productividad y diversificar su matriz económica, el país optó por la inercia. El resultado es evidente: una economía que avanza sin dirección clara, sostenida más por impulsos externos que por una estrategia interna coherente.

El problema de fondo es estructural. La productividad —ese motor silencioso del crecimiento— no solo se estancó, sino que retrocedió. Esto revela fallas profundas en educación, innovación, infraestructura y calidad institucional. Sin productividad, no hay crecimiento sostenible. Y sin crecimiento, lo que emerge es un terreno fértil para el descontento social y la inestabilidad política.

A ello se suma un deterioro preocupante de la disciplina fiscal. Los “colchones” que antes permitían al país enfrentar crisis con solvencia hoy se han reducido. El aumento del déficit y de la deuda pública limita la capacidad de reacción del Estado y tensiona la relación entre la política fiscal y la monetaria. Como advierte el propio BCR, cuando el gasto público se desordena, la estabilidad macroeconómica comienza a resquebrajarse.

Pero quizá lo más inquietante es el riesgo político que acompaña este estancamiento. Una economía que no crece genera frustración, y la frustración suele traducirse en presiones sobre las instituciones. La tentación de interferir en organismos autónomos como el banco central no es un escenario lejano, sino una amenaza latente en contextos de bajo crecimiento.

El Perú aún tiene fortalezas: estabilidad monetaria, sistema financiero sólido y capacidad de resiliencia. Sin embargo, resistir ya no es suficiente. El país necesita retomar una agenda clara de reformas, recuperar la calidad del gasto público y, sobre todo, reconstruir una visión de largo plazo.

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