¿Quién es quién en el Perú?
Por: Ricardo Lucano.

En el Perú, muchas veces creemos que nuestros problemas se reducen únicamente al clasismo o al centralismo limeño. Y sí, todo eso existe. Pero hay algo más profundo y cotidiano: vivimos en una sociedad donde demasiadas personas sienten que deben demostrar que están en el lado “correcto”. Hablar de cierta manera. Tener determinados nombres. Estudiar en ciertos lugares. Vivir en algunos distritos y no en otros. Aprender incluso lo que conviene esconder para evitar desprecios.

René Girard decía que los seres humanos aprendemos a desear mirando a los demás. Muchas veces no queremos algo porque realmente lo necesitamos, sino porque vemos que otros lo tienen y entendemos que allí está el prestigio, la aceptación o el reconocimiento. Aquí no solo competimos por dinero o por oportunidades. Competimos por parecer más “correctos” que el resto. Más modernos. Más cercanos a ese ideal que históricamente el poder peruano construyó como superior.

Por eso, muchas veces, lo limeño aparece asociado a lo moderno, lo civilizado o lo exitoso, mientras que lo provincial queda reducido a algo atrasado y folklórico, como si necesitara corregirse. Y cuando desde Lima se habla de “los lugares más alejados del país”, en realidad se refieren a lugares que históricamente han importado menos para el poder central. Y están a poca distancia geográfica real.

Esa distancia simbólica aparece todos los días, incluso cuando no la queremos ver. Está en las bromas sobre los acentos provincianos. Está en el desprecio hacia el vendedor informal o el campesino. Está en la idea de que quien trabaja con las manos vale menos que quien trabaja detrás de un escritorio. Y también aparece en ciertos discursos mediáticos que hablan constantemente del “bajo nivel educativo de la población”, como si existiera un pequeño grupo iluminado capaz de comprender el país y una mayoría condenada únicamente a escuchar y obedecer.

Esto termina instalándose dentro de las propias personas. Muchos provincianos aprenden a neutralizar su acento para evitar burlas, sienten vergüenza de su provincia, de sus padres o de sus costumbres. Se aprende rápido qué rasgos culturales abren puertas y cuáles provocan rechazo. Poco a poco, el país entero empieza a actuar como si estuviera sobre un escenario: todos interpretando versiones aceptables de sí mismos para sobrevivir socialmente.

Una sociedad que vive obsesionada con las jerarquías necesita alguien debajo para sentirse arriba, para sostener la ilusión de superioridad. Y sobre ellos se descargan frustraciones, miedos y burlas para conservar intacta la fantasía de pertenecer al Perú “correcto” y no al Perú que incomoda. Todos compiten por mostrar una vida más exitosa, más cosmopolita, más sofisticada. Se imitan opiniones, formas de hablar, indignaciones y estilos de vida. Todo para estar dentro del modelo dominante y castigar simbólicamente lo que desentona o incomoda.

Nos educaron para jerarquizar antes que para convivir. Para admirar al que domina y desconfiar del que parece vulnerable. Para competir antes que para construir comunidad. Por eso el gran desafío no pasa únicamente por construir más carreteras o más universidades. También pasa por aprender a mirarnos sin esa necesidad permanente de decidir quién vale más y quién vale menos.

Porque mientras sigamos necesitando humillar a otros para sentirnos importantes, seguiremos siendo un país fracturado por dentro. Y solo cambiaremos el día en que lo andino, lo amazónico y lo provincial dejen de verse como “lo más alejado del Perú” y empiecen a reconocerse, por fin, como una de las expresiones más profundas, vivas y esenciales del Perú mismo.

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