Arequipa no puede seguir respirando contaminación
Por: Carlos Meneses
Arequipa no merece convertirse en una ciudad donde respirar sea peligroso. Defender la calidad del aire es defender la salud, la vida y el futuro de toda una población.
Arequipa enfrenta una amenaza silenciosa, permanente y cada vez más peligrosa. No se trata únicamente de la inseguridad ciudadana o del caos vehicular que golpea diariamente a la población. El verdadero enemigo está en el aire. La Ciudad Blanca se ha convertido oficialmente en la ciudad más contaminada del Perú, superando incluso a Lima en niveles de partículas tóxicas suspendidas en el ambiente.
El reciente Reporte Mundial de Calidad del Aire 2025 de IQAir revela una realidad alarmante: Arequipa registra una concentración anual de 26.1 microgramos de partículas PM2.5 por metro cúbico de aire, más de cinco veces el límite recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Es decir, miles de arequipeños respiran diariamente un aire que lentamente deteriora su salud.
Lo más grave es que esta contaminación ya dejó de ser invisible. Está presente en las paredes ennegrecidas de las avenidas más transitadas, en la irritación constante de ojos y garganta, en los problemas respiratorios de niños y adultos mayores y en el incremento de enfermedades pulmonares y cardiovasculares. Respirar en Arequipa se ha convertido en un riesgo sanitario.
El principal responsable tiene nombre conocido: el parque automotor. Decenas de buses, combis y camiones antiguos continúan circulando sin control expulsando humo tóxico por toda la ciudad. Vehículos con más de 20 o 30 años de antigüedad siguen operando diariamente como verdaderas “chimeneas andantes”, ante la indiferencia de las autoridades.
La contaminación también refleja décadas de improvisación urbana. El crecimiento desordenado de la ciudad, la falta de políticas de transporte sostenibles, el colapso vial y la ausencia de fiscalización ambiental han convertido a Arequipa en una trampa de humo y congestión.
Mientras otras ciudades del mundo avanzan hacia sistemas de transporte limpio y reducción de emisiones, Arequipa permanece atrapada en modelos obsoletos donde predomina el caos vehicular y la permisividad. El resultado es una población expuesta durante horas a gases contaminantes que comprometen seriamente la salud pública.
Este problema debe convertirse en una prioridad regional. No basta con discursos ambientales o campañas simbólicas. Se requieren decisiones concretas y urgentes: renovación del transporte público, controles técnicos estrictos, reducción de vehículos contaminantes, promoción de movilidad sostenible y recuperación de espacios urbanos saludables.
La próxima campaña electoral regional y municipal tendrá que asumir este debate con seriedad. Los ciudadanos deben exigir propuestas reales y no simples promesas. La contaminación del aire ya no puede tratarse como un problema secundario.
