El universo, los agujeros negros y el esmog en Arequipa

SIN AMBAGES

Por Úrsula Angulo

Una tarde, en un café, encontré a unos turistas en la mesa de al lado. De pronto, estábamos conversando y, entre varias cosas, me decían que les gustaba mucho Arequipa. Y yo, muy orgullosa, asentía con una sonrisa, como mostrando que comprendía perfectamente el porqué. Sin embargo, después de mostrarme algunas fotos y de mencionar la comida y el sillar, uno de ellos, con un poquito de sarcasmo, me preguntó por qué a Arequipa se la conocía como la Ciudad Blanca. Antes de que yo pudiera empezar a explicarle, continuó y me dijo que comprendía que le sigan llamando así, pero solo por tradición, y agregó «porque a Arequipa ya no le queda mucho de ciudad blanca».

El turista se refería al esmog que emiten muchos vehículos que transitan por la ciudad. Y no podía sino darle la razón. Recorren las mismas calles, una y otra vez, llenando paredes, aire y pulmones de monóxido de carbono. Es un problema que Arequipa tiene desde hace muchos años, pero pareciera que ahora el problema es de todos excepto de los dueños de esos vehículos, es decir, antes contaminaban, pero ahora contaminan con confianza; tienen la certeza de que nadie, nadie en absoluto, va a hacer absolutamente nada.

Me pregunto cómo pasan la revisión técnica. Ni idea. Esa es como una de las preguntas que los filósofos discuten sin encontrar respuesta. Es como preguntar dónde termina el universo o qué hay dentro de un agujero negro. Es lo mismo. ¿Cómo estos vehículos pasan la revisión técnica? La humanidad aún no lo sabe.

Pero, claro, por el lado de los dueños de esos cochecitos contaminadores —que se me ocurre que ya son atractivos turísticos para los turistas europeos—, si nadie les dice nada, no va a ser la conciencia ciudadana (que no tienen) la que les llame la atención. Entonces, tenemos que ver qué encontramos por el otro lado: ¿por qué ningún alcalde hace nada al respecto? Esa suena también a pregunta sin respuesta, como la del universo o la de los agujeros negros.

En mi programa de radio, le conté al público acerca del comentario tan cierto y tan triste que me hizo ese turista: que a Arequipa ya no le queda mucho de ciudad blanca. Cuando salí de la cabina, buscando algo que necesitaba, llegué a unas galerías; allí encontré rápidamente lo que iba a comprar y, mientras pagaba y recibía el vuelto, el señor que me atendió y yo empezamos a conversar y, aunque ya no se me viene a la mente el tema que nos ocupaba, recuerdo que llegamos al esmog que ha invadido la ciudad. Y lo que el señor me dijo parecía dar respuesta al problema de la contaminación y otros más: «Los alcaldes no tienen sentido común y eso es precisamente lo que hace falta». Su observación me pareció muy acertada. No se necesita mucho para saber que el esmog es extremadamente dañino, es solo sentido común.

Ahora mismo, mucho no se puede hacer. Pero en muy pocos meses, tendremos que elegir al próximo alcalde de Arequipa, una tarea bastante compleja. Ya sabemos que las palabras bonitas, las promesas encantadoras y la foto mirando al cielo no significan nada en absoluto, porque todas se las lleva el viento. Entonces, busquemos el sentido común, alguno de los candidatos debe tener, aunque sea un trocito pequeñito; con eso ya estaríamos avanzando bastante. De todas maneras, solo por si acaso, en las elecciones para alcalde, llevemos nuestro propio lapicero pasado por ruda, por si acaso nada más.   

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