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Un bosque de palabras
Willard Díaz

¿Qué es “Sombriti”? ¿Una novela? ¿Un ensayo? ¿Un testimonio?
Diré que es un libro que se puede leer de varias maneras, que le da al lector la libertad de tomarlo como quiera.
La obra es presentada por la editorial “Lumen”, subsidiaria de Penguin Perú, en su serie de Narrativa. Podría ser entonces una novela. Una novela de aprendizaje, pues en efecto la mitad de sus partes o capítulos está dedicada a dar instrucciones a una niña para que aprenda a dominar el espacio del centro de Lima en casos de marchas de protestas futuras, o bien para contarle pasajes de su historia familiar. El narrador, a su vez, aprende a educar a esa niña, se transforma junto a ella con el paso de los años y hace algunos descubrimientos acerca de sí mismo. Ese narrador se dirige en algunos pasajes a un narratario o lector, y en otros, mediante vocativos, a la niña.
También “Sombriti” podría ser un testimonio. Las informaciones que un hombre desea dar a conocer sobre su vida signada por el agobio de vivir en el Perú a finales del siglo XX y comienzo del XXI, en pleno proceso de deterioro de la vida de las clases trabajadoras por obra de la corrupción política y la violencia hegemónica en nuestra historia reciente, y del correspondiente deterioro del lenguaje social e individual.
En ambos casos, hay paratextos en la obra que me permitirían leerla así.
Pero como lector, prefiero tomar a “Sobriti” como un ensayo. Un ensayo cuyo tema principal es la palabra. El lenguaje del hombre. El lenguaje y su relación con el mundo, con el país, con la historia, con la verdad. El lenguaje en el proceso de aprendizaje para la comunicación entre un padre y su hija, y de ambos con su medio. El lenguaje y el silencio, y los nombres propios, y los nombres falsos.
Nada más en la carátula ya tenemos dos pistas para pensarlo así. Iconos del lenguaje de manos, y el nombre “Sombriti”, que es una palabra sin duda, pero cuyo significado de momento no conocemos.
El libro está dividido en quince partes numeradas más cinco partes con Advertencias hechas a la niña, la hija del narrador, de nombre Billi. En total 15 apartados. En la primera parte, cuyo título es Preámbulo, se presenta el tema del ensayo. Mediante citas de poemas, de letras de canciones, un fragmento de Wittgenstein sobre el lenguaje tomado del “Tractaus lógico filosófico” que es presentado como parte de un poema, como una columna de versos. También hallamos en las primeras páginas dos iconos de una figura de álbum escolar fragmentada, de cromos, una de casilla vacía y otra de parte de la escena del ataque de un soldado chileno a una rabona del conocido cuadro “La guerra de Chile contra Perú y Bolivia”. Mediante varios lenguajes diferentes, verbales e icónicos, el autor nos llama la atención hacia el lenguaje, su naturaleza social y sus usos, su ontología y su desgracia. El autor nos dice: “El pensamiento no puede revelarse sin un lenguaje. Y no puede pensarse en nada que no sea real, y todo lo real lo es porque es posible de ser pensado. Hace miles de años, cuando no existían los idiomas, la realidad iba libre. No tenía fronteras”.
Esta parece la tesis del ensayista. Pero es necesario recordar que el ensayo es el género que surgió para expresar la duda, el desacuerdo, la opinión personal. En palabras de Georg Lukacs, “El ensayo puede oponer tranquila y orgullosamente su carácter fragmentario a las pequeñas perfecciones de la precisión científica o la frescura impresionista”. El ensayo es el ofrecimiento de un deseo; y el deseo, como sabemos desde Lacan, jamás se alcanza, siempre espera ser colmado. Eso es un ensayo, una postergación de algo que vendrá y será perfecto. O bien, como dice Geoffrey Hartman, un deconstructivista moderado norteamericano, “El ensayo vive de un deseo que tiene un en-sí, que es más que algo esperando ser completado, y desplazado, por el conocimiento absoluto”.
De modo que la primera impresión que nos deja “Sombriti” al empezar, se modifica con el transcurso de las páginas y de las subsiguientes reflexiones de emisor. En la página 85, apartado 9, leemos: “Todo empieza con el encantamiento, la certeza que podemos hacernos de la realidad a través de las palabras. O más. Que podemos traer la realidad hacia la historia (nuestro mundo de tiempo y extensión) al invocarla por medio de las palabras, arrancándolas de su fuente, el silencio, que es promesa de todas las esencias. Nadie nos dice que la mayor parte de las cosas más graves no pasan por las palabras”. Y luego dice: “¿Las niñas aprenderían a hablar con tantas ganas si supieran que es el inicio de su estertor, que su primera palabra lo es porque habrá una última? Es una pregunta ociosa. No se puede estar fuera de las palabras. Se puede aprender a callar. Que es ocultar, hacer una pausa, renunciar al código compartido con los semejantes. Esas son operaciones coyunturales”.
Operaciones coyunturales, aprender a callar, a volver al silencio en determinadas coyunturas. Uno se pregunta entonces, ¿a qué viene el silencio, el otro lado de la palabra? En la página 25, en la que hay una referencia a Sendero Luminoso, el narrador dice a su hija: “Un nombre, ¿para qué sirve? Para callarlo. Quizá su función más importante. Una vez escribí: “Y las plantas guardan el secreto de su nombre, y de su cuerpo frío”. Pero las plantas, hija mía, no están allí para servirnos. No hay consuelo en el paisaje. No hay consuelo en el polvo que seremos. No hay consuelo en pasar a ser el otro lado de la mirada. ¿Me entiendes? Las cosas sin nombre, cuando mueren, son iguales a su nombre oculto. Eso creo. Un día me explicaré mejor. Pero por ahora que conste: creo en tu nombre. No tengo otra forma de decirlo”. Aquí la referencia es al dolor, al terrible dolor de la pérdida de los padres a manos del Ejército peruano, del dolor por los sacrificados por ambos bandos, del dolor de la pérdida de las ilusiones, de la imagen del futuro mejor.
El mismo apartado, cuyo título es “El nombre de ella” (ella es la madre del autor), empieza diciendo “Cuando tu abuela murió…” y le cuenta a Billi, su hija, que el cadáver de la abuela apareció en una playa con heridas de bala, y que en los periódicos su nombre estaba mal escrito, aunque aclara más abajo: “Pero un nombre mal escrito no cambia al mundo. A lo sumo puede cambiar la historia, la narración organizada de un tiempo que discurre veloz y, mayormente, en nuestras cabezas”.
De modo que son dos cosas fatalmente distintas: el mundo y su representación en las palabras. Ni modo, nada que hacer, así estamos. Esa fatalidad, en el texto, viene expresada poéticamente en el vocativo “hija mía”; el vocativo, que no es ni semántico ni semiótico, que no es la información cruda ni la intención del hablante, que siempre está fuera de la comunicación verbal, en un lugar inexpresable que es el resto de la realidad original cuya ausencia solo nos puede traer dolor. El dolor de ser humanos que hablan y no pueden decirlo todo. Al final del segundo apartado el padre dice a su hija: “Las cosas sin nombre, cuando mueren son iguales a su nombre oculto. Eso creo. Un día me explicaré mejor. Por ahora que conste: creo en tu nombre. No tengo otra forma de decirlo”. No hay otra forma de decir más que en el nombre propio, junto a él el vocativo “hija” señala al resto, ese resto ajeno al que “un día” imposible quisiera llegar.
Vamos a la primera palabra, la del título. ¿Qué es Sombriti? Una palabra inventada por la hija en sus primeros años. En la página 79 lo explica así el autor: “Escucho a mi hija decir Sombriti. Pero no alcanzo a entender el contexto de su uso. La vigilo. Me gusta cómo suena la palabra. Quiero entender. “Sombriti”, dice, y se acelera. Sale corriendo de una habitación a otra. Luego se da cuenta que escucho. Dice Sombriti y espera a ver qué hago. Le termino preguntando qué es “sombriti”. Pero no hubo manera de que nos entendiéramos. “Sombriti, pues”, me dijo subiendo los hombros. Para ella sombriti estaba demasiado claro, estaba sobrentendido. Ella convivía con “sombriti” como yo con “dinero”. No había más que verlo y usarlo. Noté que cada vez que decía “sombriti”, la palabra casi se le derramaba de los labios. No era un grito, era una expulsión. Un disfrute. Tuve que aceptar que era algo inenarrable, pero profundamente dichoso”.
“Sombriti”, es pues una lengua particular, la lengua de lo inefable, de lo que no se puede comunicar, pero cuyo significado es gozoso, íntimo, único. Una palabra sin sentido, sin dirección, un goce que se pierde con el tiempo y con la cultura.
Por eso mismo “Sombriti” es la palabra elegida para dar nombre al libro, la que se presta el autor para decirnos algo que es inefable, para este libro cuya lectura a manera de ensayo nos dice mucho sin necesidad de decir nada en concreto.
Lo hace así, porque apela, creo yo, a la naturaleza misma del ensayo. El ensayo, al decir del crítico alemán Wilhelm Schlegel, es “un poema intelectual”; usa el lenguaje literario para expresar el goce o la ironía de su mensaje. Y este libro, “Sombriti”, cumple, como pocos en nuestro país, con este designio.
