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sábado, junio 25, 2022
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FRAUDE EN EDUCACIÓN: EL DISCURSO DE LA CALIDAD

Por: Luis Eduardo Daza

Acabo de presentar un nuevo libro: El Arte de Aconsejar y Orientar del Docente Tutor. En dicha presentación he hablado de un grupo de características del entorno para ubicar e identificar las causas esenciales de las dificultades emocionales que presentan los aprendices, niños, jóvenes o adultos. Dentro de esas causas se hallan las condiciones en que se encuentra el órgano del aprendizaje: el cerebro.

Resulta que en estos últimos 20 años se viene hablando, sin ningún tipo de pudor, de la importancia de la calidad en educación, una calidad que pasa por mejorar substancialmente la comprensión lectora y el razonamiento lógico matemático de todos los protagonistas en la escuela, que incluye también a los docentes.

Semejante discurso es una farsa escandalosa, un anhelo necio, una exhortación vana, cartas a Papa Noel, el empeño inverosímil de un viaje a la luna a pie. ¿Cómo se pretende ciertos cambios para mejorar la calidad de la educación de los humanos cuando el órgano encargado de aprender se encuentra al borde de un coma como resultado de su deplorable alimentación? El sesenta y cinco por ciento de niños y adolescentes peruanos asisten a sus clases con una taza de té y u pan como desayuno. Cualquier artilugio externo para propiciar aprendizajes resulta una ofensa para un sentido común básico.

Cuando el autor de este artículo era un estudiante universitario de quinto año, de la carrera de Psicología en La U N S A (gran universidad) fue invitado por una jovencísima y guapa estudiante de La Católica, del programa de Servicio Social a hacer un estudio de la madurez mental en niños de cinco años de un Pueblo Joven, en una zona urbano marginal de Arequipa. Se les administró un test, el de Goodenough: los niños debían dibujar en una hoja A-4 bond, una persona. Lo hicieron. Sus dibujos eran demasiado simples para su edad cronológica (edad real) El 85 % de estos niños de 5 años dibujó a la persona en una sola dimensión, con líneas, tronco, extremidades. Cuando se aplicó el mismo test a niños de la misma edad, pero de una institución educativa privada de clase media acomodada, los resultados fueron muy distintos: ahora la figura humana estaba dibujada en doble dimensión, tanto para el tronco como las extremidades. Estos dibujos más completos y complejos anunciaban mayor madurez intelectual que los niños del Pueblo Joven. Nunca la realidad se estrelló en mi mente con tal violencia obligándome a reflexionar sobre las condiciones externas que inhiben las facultades mentales en unos cerebros y las desarrollan en otros. Y sólo era un estudiante de quinto año de Psicología.

Pero mi desasosiego producido por las diferencia en capacidades mentales en niños que acababa de descubrir por cuenta propia me impulsaron a hacer, unos meses más tarde, una investigación con adolescentes de cuarto de secundaria. Ahora era un test con más de 100 dificultades de ascendente complejidad aplicado, primero a los adolescentes de un conocido plantel público en Arequipa, luego a los estudiantes de un colegio privado de clase media acomodada. A ambos grupos de adolescentes se los examinó en las primeras horas de la mañana. A mitad del test, los alumnos del plantel público, se recostaban sobre sus carpetas, evidencia indiscutible de fatiga mental. Los escolares del colegio privado lo resolvieron sin ningún signo de cansancio. La diferencia de media aritmética en puntaje entre ambos grupos era ostensiblemente mayor para los de clase media acomodada. ¿Por qué?

Dada la formación científica que recibía de la universidad donde estudiaba estaba lejos de atribuirlo a cuestiones genéticas o raciales. Ya sabía entonces, por un curso estudiado en el primer semestre “Evolución de la Cultura” dictado por el doctor Percy Hurtado, que todos los humanos de hoy proveníamos de una mona antropoide de hace doscientos mil años, instalada en el África, llamada la Eva Mitocondrial. Desde esos límites, el cerebro es igual para toda la especie, las diferencias las establece el tipo y la calidad del entorno. Nuestros hermanos de piel blanca no deben olvidar que solo son negros descoloridos, por haberse instalado, después de salir del África, al norte de Europa, lugar donde el sol sale solo cinco horas.

La grandeza o pequeñez intelectual se derivan, sin duda alguna, del tipo de alimentación, y no solo la física, también la simbólica (de esta hablaremos en detalle en otro artículo). Una madre gestante empobrecida solo desayuna una taza de té con pan. Las madres gestantes de clase media acomodada, incluyen a su dieta diaria vegetales, carnes, huevo, leche, frutas. Estos nutrientes o la falta de ellos deciden los potenciales o debilidades de las funciones cerebrales del niño gestante, inquilino en la cuna materna: el útero. Pero después de nacer los desayunos siguen siendo desiguales para ambos grupos. No debe sorprendernos entonces que unos adolescentes se tumben sobre sus carpetas como signo inocultable de fatiga, mientras los otros prosiguen frescos y lúcidos resolviendo las dificultades planteadas.

¿Cómo se puede armar un discurso de la calidad de la educación sobre la base de cerebros subalimentados? A mitad de la década de los noventa del siglo pasado, el Cardenal de este país, Monseñor Vargas Alzamora, dijo una pequeña frase, potente y tremendamente efectiva ante los disturbios sociales que vivía el Perú y las exhortaciones del dictador de turno: “No se puede pedir paz a gente con estómagos vacíos”. Lo mismo, no se puede pedir a niños, adolescentes y jóvenes aprendizajes por cuyo cerebro no circula sangre, sino agüita con té ralo.

¿Por qué será que los desubicados burócratas de turno no entienden una verdad tan elemental como la que acabamos de describir e insisten en hacer cosmetología? No pueden edificar un edificio construyendo primero el último piso. Yo solo voy a creer en un discurso de la calidad de la educación en Perú cuando un Presidente sincero y genuino anuncie DESAYUNOS Y ALMUERZOS RICOS Y NUTRITIVOS PARA TODOS LOS ESCOLARES DE LAS INSTITUCIONES PUBLICAS DE ESTE PAÍS. Porque todo en el universo es energía, nada es posible sin ella. Hasta un invento tan tosco como un coche, no se mueve sin combustible. ¿Cómo puede un cerebro exangüe razonar y comprender aun conceptos elementales si no tiene energía para prender un solo foco de los millones que tiene a disposición? Si se sigue insistiendo en mejorar la calidad educativa atendiendo, primero, aplicación de lindas y rimbombantes innovaciones pedagógicas, generalmente exportadas de otros países, se está invirtiendo la priorización del desarrollo humano, tan brillantemente expuesta por el psicólogo norteamericano Abraham Maslow. No se puede pedir paz en estómagos vacíos, la potentísima frase del Cardenal, también se aplica a esta: No se puede pensar ni aprender con cerebros lánguidos y anémicos. Hagan los lectores la prueba, no tomen desayuno una mañana y luego intenten resolver veinte problemas de mediana complejidad, no llegarán al quinto y abandonarán la tarea. Dos tipos de combustible necesita un cerebro para concentrarse a concretar un trabajo que requiere concentración: 1. leche, o huevo, o quinua, o pescado, o soya. 2. Tarea estimulante, en otras palabras, que el cerebro encuentre atractivas e interesantes las labores que se le exigen. Cualquier inversión en calidad educativa que no cuente con esos requisitos es una charada, una simulación, cosmetología pura, aquella que intenta hacerle la permanente a una mujer calva.

Finalmente, los humanos solo dejan de aprender a la hora que van a dormir. No todos los aprendizajes son conscientes e intencionales, muchos de nuestros aprendizajes no son para nada producto de la voluntad. Pero eso depende del tipo de menú conceptual que el hombre elija. Como en el plano físico, en el mental también hay chatarra, chatarra electrónica envuelta en papel de regalo (Tv, radio, You Tube) Y si bien el Estado no la entrega, se hace la vista gorda para que otros lo hagan, permitiendo que la basura sea arrojada al interior de los hogares, desandando cualquier e insignificante esfuerzo educativo. Casi todos los parásitos mentales enquistados en la mente de los peruanos: miedos, culpas, complejos, taras diversas (racismo, homofobia) le son enquistados vía electrónica a través de canciones populares que estimulan la dependencia emocional, programas de humos chabacanos creados para hacer reír sobre la base de los humanos distintos, o telenovelas adictivas, francamente decadentes. Es una pena que gran parte de peruanos tengan restringida su capacidad para elegir un menú mental nutritivo y edificante como el programa No hay Derecho de Glatzer Tuesta, por cuyo set o cabina desfilan, día a día, la mejor gente del país. ¿Aprendo? Por supuesto que sí. Después de cada ingesta (lo veo y escucho en la compu, vía You Tube) quedo maravillado, hasta eructo. Me enseña a tener una mirada más profunda del país. Y el estilo de su conductor es también genial, sencillo y elegante, con un sarcasmo edificante y una ironía bien dosificada consigue que se le atienda con una sonrisa en los labios. ¿Es necesario esforzarse para aprender? NOOOOO. No siempre. Como verán los lectores, yo no soy un carroñero simbólico, si fuera, a mi edad, un carroñero, elegiría a otro periodista funcionario o empleado de un eterno candidato que posee una universidad en el norte, y que todos los días, sin ningún pudor, habla pestes de los adversarios de su patrón. Para no ser carroñeros y terminar este artículo con una dosis de pesimismo esperanzador quiero expresar el anhelo quebrado e iluso del cholo más hermoso del Perú, César Vallejo, en uno de sus poemas: “…Ya nos hemos sentado mucho a la mesa, con la amargura de un niño que a media noche, llora de hambre, desvelado…Y cuándo nos veremos con los demás, al borde de una mañana eterna, desayunados todos…”

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