SOMOS ESCLAVOS DE NUESTRAS COSTUMBRES E HIJOS MALTRATADOS DE NUESTRAS IDEAS
Por Dr. Juan Manuel Zevallos.
“Un día una mujer joven quedó embarazada, sus familiares reclamaron saber la identidad del padre del niño por nacer y entre sollozos la mujer dijo que era el sabio que vivía en la montaña. Los padres, familiares y otros miembros de la comunidad fueron a exigirle que se haga cargo del niño que acaba de nacer. El viejo sabio lo único que dijo fue: está bien. Luego llegó a un acuerdo para apoyar económicamente al niño y su familia. La comunidad rechazó su acto y dejaron de hablarle.
Cuando el niño cumplió un año la madre desesperada no pudo callar más su verdad y dijo que el padre de su hijo en verdad era el joven que vivía en la casa de a lado y que mintió por miedo a la reacción de su familia y de la comunidad. Entonces el pueblo en conjunto fue a disculparse por su actitud ante el sabio que seguía viviendo en la montaña y el volvió a decirles: está bien. Luego siguió haciendo sus cosas y escuchando a la gente del pueblo que lo buscaba para alcanzar el conocimiento.
En verdad somos esclavos de aquella forma tirana que habita en nuestra mente y que nos lleva a juzgar prontamente a alguien sin tomar en cuenta su historia, sus virtudes, sus defectos y su nivel de relación con el mundo. Juzgamos y sentenciamos sin tener piedad alguna y luego, cuando nos damos cuenta que nos hemos equivocado nos disculpamos por la afrenta hecha, pero seguimos actuando de la misma manera.
Aún no hemos aprendido a darle valor a cada uno de los seres humanos que nos rodean. Siempre decimos que debemos cambiar, que antes de actuar debemos pensar, pero instintivamente acabamos desarrollando la misma actitud destructiva una y otra vez.
Solemos quejarnos de la lentitud de un Poder Judicial que no puede llegar a una sentencia justa y caemos en la injusticia diaria de dañar a las personas que nos rodean con nuestros impropios juicios de razón.
Hemos aprendido a pensar de modo equivocado y aun así seguimos confiando en ese proceder errado de nuestra razón. Dañamos inmisericordemente con nuestras palabras, gestos y acciones y muchas veces (la gran mayoría) no nos damos cuenta de lo que hacemos a diario. Realmente vivimos como zombis, haciendo una serie de actos sin tener conciencia plena de lo que decimos ni de la finalidad de nuestro comportamiento. En verdad merecemos todo el perdón de aquellos que nos rodean “porque aún no sabemos lo que hacemos”.
Lamentablemente tenemos un cerebro programado para pensar de modo negativo, para agredir y para insultar. Tenemos prejuicios sobre mucha gente en virtud de las experiencias que nos han tocado vivir con ellas, pero no podemos ver más allá. Cada uno de nosotros nos equivocamos por muchas situaciones: costumbres mal aprendidas, tradiciones impuestas por la sociedad, experiencias personales desfavorables y supuestos errados de lo que realmente es “ese otro ser humano”.
Solemos caer en la idea tentativa de que las personas no pueden cambiar, que si un día nos fallaron lo volverán a hacer y que si son violentas y/o agresivas es preferible alejarse de ellas indefinidamente haciéndole caso a nuestro instinto de supervivencia. Una frase popular refleja esta forma de pensar: “árbol que crece torcido jamás endereza tronco”. Probablemente dicha frase pueda aplicarse a rajatabla a los árboles, pero los seres humanos distamos mucho de esa realidad, somos seres formados en base a constructos mentales que pueden ser cambiados tanto por la influencia exterior como por la voluntad interior.
Debemos de reconocer que el comportamiento humano nunca podrá ser definido mediante reglas absolutas más bien es relativo y cambiante en virtud de las situaciones sociales que nos toca vivir y del modo de relación interpersonal que tenemos. Tenemos la capacidad de darnos cuenta que nos estamos equivocando, aunque despertar dicha capacidad a veces demanda mucho tiempo y esfuerzo. Tenemos la posibilidad de cambiar, de ser más reflexivos y comunicativos con nuestro ser interior al descubrir la naturaleza de bien que habita en nuestro ser y finalmente, pese a los actos nocivos que hemos llevado a cabo, podemos curar con amor.
Podemos vivir una vida distinta si dejamos de prejuzgar a la gente por lo que una vez hizo o por el modo en que nos agredió. Nuestros problemas existenciales no se basan por el modo o la forma en que nos ha tratado el mundo (ya sea de modo positivo o negativo) sino del procesamiento mental que vengo llevando a cabo. Si puedo desarrollar una actitud crítica basada en el desarrollo personal de seguro que podré quitar el condicionamiento mental que me lleva a etiquetar a las personas del mundo no por su esencia sino por los actos que han realizado.
