EL DON DE LA ANCIANIDAD
Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa
En su mensaje para la VI Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores, que celebramos este domingo, el Papa León XIV nos recuerda que Dios «no se olvidará nunca de ninguno de nosotros…y que su amor es más grande que el de una madre por sus hijos». Pero nos recuerda también que hay muchas personas que viven con la sensación de ser olvidados. «Es lo que sucede – nos dice, poniendo algunos ejemplos – en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología». En efecto, no es del todo inusual escuchar a personas que se lamentan porque creen que Dios no escucha sus oraciones y que los ha olvidado. Ocurre especialmente en situaciones de mayor sufrimiento a causa de alguna enfermedad o de las limitaciones propias de la edad avanzada, cuando nos volvemos más frágiles. O también cuando, siendo ancianos, nos podemos sentir abandonados, porque los hijos tienen sus quehaceres, los nietos tantas veces ya no se acuerdan de los abuelos, y se puede empezar a experimentar, junto con los achaques propios de la edad, cierta soledad: estar solos en casa, sin poder salir, o estar internados en ciertos hospitales o centros geriátricos en los que los médicos y/o enfermeras van perdiendo la sensibilidad ante el sufrimiento humano.
En esas circunstancias, nos sigue diciendo el Papa, la Iglesia, que conoce el sufrimiento de sus hijos mayores y sabe que muchas veces se les considera un peso, «se alegra de anunciarles la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré”» y de recordarles que «ni siquiera cuando somos mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación de volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez». De esa manera, experimentando el consuelo y la ternura de Dios, la ancianidad se transforma en tiempo oportuno para vivir en intimidad con el Señor y cooperar con Jesús en la obra de la redención, porque «nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él» y «reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control».
Esta experiencia reviste especial importancia en la sociedad posmoderna y el cambio de época en que vivimos, en los que se difunde la mentalidad de que uno vale por lo que posee o lo que puede hacer y en los que todo se mide según la lógica de la eficacia y el rendimiento. La debilidad producto de la ancianidad, en cambio, lleva consigo una potencialidad enorme, tanto a favor de las mismas personas mayores como a favor de las generaciones más jóvenes. Las limitaciones propias de la edad hacen de los ancianos testigos tangibles de que los caminos de la arrogancia y la prepotencia son pura vanidad y que, «cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera». Así vivida, la ancianidad es un don de Dios para los ancianos, sus familias y la entera sociedad.
