LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES, HOY

Por: Javier Del Río Alba Arzobispo de Arequipa

El evangelio de este domingo (Mt 14,13-21) nos relata que, cuando Jesús supo que Herodes había hecho decapitar a Juan Bautista, se retiró en una barca a un lugar desierto, pero la gente fue detrás de él por tierra, de modo que: «Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos». La razón de este sentimiento, nos la explica Mateo en otra parte de su evangelio en la que Jesús también: «al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor» (Mt 9,36). La compasión es uno de los rasgos distintivos de Dios a lo largo de la historia. La manifestó innumerables veces al pueblo de Israel, especialmente cuando este le fue infiel, perdonándolo y curándolo de las heridas que sus mismas infidelidades le habían ocasionado. Es la misma compasión que Dios siente hoy por aquellos que viven vejados y abatidos a causa de las injusticias que hay en el mundo o, peor aun, a causa del diablo que los tiene esclavos del pecado. El evangelio de este domingo, entonces, resulta de toda actualidad.

Volvamos, pues, al evangelio. Mateo continúa narrándonos que Jesús se quedó largas horas con la gente en ese lugar despoblado, seguramente también predicándoles como solía hacerlo, hasta que los discípulos le hicieron notar que era tarde y le sugirieron que los despida para que puedan ir a los pueblos aledaños a comer. Grande sería su sorpresa, sin embargo, cuando Jesús les respondió: «No tienen por qué marcharse; denles ustedes de comer». A lo que le replicaron que sólo tenían cinco panes y dos peces. Jesús los tomó y «levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y estos a la gente». Como atestigua el evangelista, eran cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños; todos comieron, se saciaron y sobró. Así, como Dios a través de Moisés había dado de comer a su pueblo en el desierto, Jesús lo hizo con esa muchedumbre, acreditando que en Él se ha cumplido lo que Dios le había prometido al mismo Moisés: «Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande» (Dt 18,18); y también lo que Dios mismo había profetizado a través de Ezequiel: «Yo mismo apacentaré a mis ovejas y las llevaré a reposar…Buscaré a la oveja perdida, tornaré a la descarriada, curaré a la herida, confortaré a la enferma» (Ez 34, 15-16).

Jesús, pues, es el Mesías que se ha compadecido de nosotros y ha muerto en la cruz «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11,52) y cumplir lo que anunció antes de morir: «habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16). La multiplicación de los panes es un signo profético de la Eucaristía. Así como obró en ese desierto de Galilea, Jesús sigue hoy, en cada celebración de la Misa, predicándonos con su Palabra, saciándonos con el pan de su cuerpo y su sangre, curándonos de nuestras enfermedades espirituales y confortándonos en nuestros sufrimientos. Y, al igual que hace dos mil años, lo hace a través de sus discípulos: la Iglesia fundada por Él para la salvación del mundo.

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