La indiferencia que no aporta
Por Úrsula Angulo

SIN AMBAGES

En mi último artículo, mencionaba que vi en la Plaza de Armas a un señor que dejaba en la calle cáscaras de fruta, ya convertidas en basura, y que me detuve para decirle cordialmente que buscara un basurero. Esta historia la comenté en mi programa de radio y, por algunas llamadas que recibí durante la transmisión, me di cuenta de que evidentemente muchas personas coincidían en que lo mejor era hacer una observación —a manera de objeción— a quien está en proceso de ensuciar la ciudad.

Los que ensucian las calles sin reparo alguno saben que están actuando mal, pero, ciertamente, no les importa y —aquí viene lo sorprendente pero cierto— cuentan con la colaboración indirecta de los demás ciudadanos. Porque lo que suele verse es que quien desaprueba esas actitudes incivilizadas —sí, incivilizadas— solo mueve la cabeza de un lado hacia el otro a manera de disconformidad o, peor aún, no manifiesta su reprobación de ninguna forma. Y así el que ensucia va por la vida feliz y contento.

Por supuesto, no se trata de llamar la atención levantando la voz y mucho menos insultando a nadie. Sería paradójico usar métodos incivilizados para intentar civilizar a alguien. No, no, por ese camino no vamos. De lo que se trata es de llamar la atención sobre el acto reprochable, pero de manera apropiada, con cortesía y corrección —siempre digo que se enseña con el ejemplo—. Pienso que el que botó basura en la calle la recogerá por vergüenza, si la tuviera; sin embargo, también puede ser que esa persona haya obtenido su certificado de incivilizado con la más alta nota en el examen de «incivilizamientos» y, en ese caso, seguirá de largo sin apuro. Pero qué bonito sería que el temor a ser corregido en público significara el regreso de los buenos modales a las calles.

Lo mismo puede aplicarse para otras conductas que no corresponden a las normas de urbanidad. ¿Urbanidad? Suena a palabra antigua, como máquina de escribir: se usaba pero ya no, a eso suena, pero es una palabra muy vigente, sin fecha de expiración. Lamentablemente, ya no se habla de urbanidad, pero no es antigua, sino intemporal y universal, corresponde a todos los tiempos y lugares. Y su uso resulta de extrema necesidad.

La discusión sobre la responsabilidad de los padres o el colegio en los buenos modales de las personas no cambiará nada y, de hecho, no ayuda. Mejor vamos con aquello que podría significar el comienzo del cambio o el regreso de la urbanidad. Porque la indiferencia no aporta, normaliza.

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