El tiempo secuestrado por el celular

Lucano
Hay una escena que todos conocemos: el dedo baja, sube, vuelve a bajar. Buscamos algo en el celular, pero en realidad no sabemos bien qué. Ese gesto tiene un nombre: scroll (deslizar sin parar videos, noticias, memes e imágenes). Es una manera de capturar nuestro tiempo. Y mientras la mayoría quedamos atrapados en ese movimiento casi hipnótico, hay otros -pocos- que todavía pueden leer sin apuro, anotar ideas, demorarse en una página de lectura, dejar que un pensamiento madure. Esa no es una diferencia menor: ahí se abre una grieta que empieza a dividir el mundo.
¿Quiénes son esos “otros”? No necesariamente los más inteligentes ni los más talentosos. Son, más bien, quienes crean condiciones para proteger su tiempo: menos interrupciones, menos urgencias, menos ruido. Personas que pueden apartarse del bombardeo constante y reservar horas para concentrarse. Ahí, en ese margen de silencio, se están formando los futuros decisores: quienes investigarán, escribirán, gobernarán o dirigirán. No porque merezcan más, sino porque poseen algo que hoy se está volviendo escaso: tiempo sostenido para pensar.
Lo que advierte la periodista británica Mary Harrington deja de ser teoría cuando miramos nuestra rutina diaria. Pensar empieza a convertirse en un privilegio. Y ese privilegio no aparece por accidente: es el síntoma de una época en la que nos están quitando el tiempo de la manera más elegante posible, sin violencia visible, sin imposición directa, casi con nuestro consentimiento.
Porque, en realidad, el tiempo nunca fue igual para todos. Siempre hubo formas de administrarlo, disciplinarlo, explotarlo. Pero hoy el asunto adopta una forma más sutil: el tiempo está colonizado. Frantz Fanon, que entendió como pocos cómo opera la dominación sobre la mente, decía que la colonización no solo arrebata territorios, también invade la conciencia. Hoy ya no hace falta un colonizador reconocible. El control se ha vuelto íntimo: entra por los hábitos, por la atención fragmentada, por la dificultad de sostener una idea durante más de unos minutos. El scroll funciona así como una pedagogía silenciosa: nos enseña a reaccionar, no a reflexionar. Y quien pierde la capacidad de sostener una idea pierde también la posibilidad de cuestionar el mundo en que vive.
El filósofo Enrique Dussel insistía en que el progreso de unos casi siempre se levanta sobre el desgaste de otros. Entonces: unos pocos concentran el tiempo para pensar, mientras a la mayoría se le dispersa en distracciones. No se trata de falta de voluntad individual. La realidad pesa: jornadas agotadoras, transporte que desgasta, obligaciones inmediatas, pantallas que nunca callan. Pensar se vuelve un lujo extraño. Mientras tanto, las élites hacen exactamente lo contrario: limitan pantallas, protegen espacios de silencio y cuidan el tiempo de concentración de sus hijos. Han comprendido algo decisivo: en este siglo, pensar con profundidad es una forma de poder.
Una población que no puede sostener una idea larga, que abandona un texto complejo a mitad de camino, que responde, es una población fácil de conducir. El problema deja de ser tecnológico y se convierte en un asunto político. Porque el tiempo que nos falta para pensar es, en realidad, el tiempo que nos han quitado para cuestionar. Y quien no cuestiona, difícilmente transforma algo.
Pero tampoco se trata de creerse por encima de los demás. Esa arrogancia reproduce la misma lógica que criticamos. La pregunta verdadera es otra: ¿cómo devolvemos el tiempo a todos? La respuesta no está en rechazar la tecnología, sino en reapropiarnos del reloj. En hacer de nuestras horas un espacio propio: leer, aunque todo nos empuje a correr, escribir aunque reine la inmediatez, sostener una conversación aunque el teléfono vibre al lado.
Porque al final lo que está en juego no es solo cuánto tiempo pasamos mirando una pantalla, sino quiénes llegaremos a ser. Y acaso sea justamente en ese rato que le arrancamos al algoritmo -ese instante en que dejamos de deslizar y empezamos a pensar-donde comienza nuestra verdadera libertad.
