“Una cuestión de tiempo”
Por: Alannis Espino Alanya

El salón hacía mucha bulla, algo común en un grupo integrado por jóvenes de entre 14 y 15 años. Las clases eran lentas y tediosas; reinaba el aburrimiento por la falta de dinamismo e incompetencia de los docentes. A veces contrataban a cualquiera que solo tuviera el título y unos cuantos años de práctica en educación secundaria, sumado —por supuesto— a sus credenciales religiosas. Parecía más aceptable su inexperiencia a que un docente agnóstico o ateo impartiera sesiones.

Los días transcurrían. Era más estresante el concurso de periódicos murales y la presentación del aula que el final del bimestre. Nos uníamos en grupos de tres a cinco personas para avanzar, y además elaborar una coreografía para el concurso de villancicos, todo al mismo tiempo.

Era complicado contar con el apoyo de los varones: si ayudaban, generaban más desorden o fingían hacer mal las actividades para librarse de ellas creyéndose inútiles. El grupo de chicas, en cambio, tenía un carácter más eficaz para terminar las labores. Esto no evitaba la irritación que se sentía en el lugar: las peleas en los grupos eran constantes, un «todos contra todos» propio de la edad. Estábamos sincronizados con la rebeldía de la adolescencia y cualquier orden, sugerencia o mirada hacía más latente el conflicto.

Ximena fue a conversar con el profesor Francisco, docente de educación religiosa y nuestro tutor. Yo me uní a la charla más tarde, mientras arreglaba el segundo espacio, y presencié su descarga emocional. El profesor Francisco, tan cercano a ella, le pidió que se retirara a descansar. Siendo su favorita, era claro que esa era la solución para él; pasaban gran parte del tiempo conversando en el aula y se llevaban muy bien.

El profesor nos cedió su laptop para coordinar la presentación de los cánticos.

Al ingresar al salón de nuevo, iniciamos una charla donde llegamos a varios acuerdos y pusimos manos a la obra. Intenté acceder al material que se encontraba en el dispositivo, pero se me complicaba debido a mis bajas habilidades técnicas. Mario pensó que era buena idea poner música para mejorar el ambiente, y fue increíble cómo eso cambió la convivencia. Constantemente me interrumpían para variar las canciones o repetirlas porque el internet era malo; incluso jugamos al Dinosaur Game debido a la pésima conexión del colegio.

Aprovechando la falta de adultos y entre bromas, el morbo nos ganó y buscamos información del profesor. Nos reíamos a carcajadas: le gustaba el metal, ir a la playa, tenía fotos haciendo caras graciosas con su pareja, muchas imágenes de santos, oraciones y un horario personal milimétricamente estructurado. Buscamos más a fondo.

Cada carpeta tenía nombres raros. Cuando nos encontramos con una que estaba cifrada, la curiosidad se disparó. El grupo entero había terminado sus labores más rápido que nunca solo por averiguar el chisme. Cada uno tenía su postura: unos decían que eran documentos muy importantes y otros que se habría equivocado al guardarlos. Intentamos acceder varias veces sin éxito, hasta que nos dimos cuenta de que cerca de la tapa del teclado había un número escrito con lápiz, casi imperceptible. Digitamos los números temblando, la pantalla parpadeó un segundo y el candado digital finalmente cedió.

Un silencio absoluto reinó en la habitación. Las respiraciones se agitaron y nos quedamos boquiabiertos. Se visualizó un sinfín de videos y fotos de contenido para adultos. Creímos que era una confusión o Clickbait, pero al reproducirlos confirmamos nuestras sospechas. Como si estuviéramos buscando el fondo de un pozo sin saber qué tan hondo era, seguimos indagando. Las cosas empeoraron: esa era solo una de las tantas carpetas y las demás cambiaban hacia un material aún más turbio e indebido con menores.

De pronto, sonó una notificación y alguien alertó que el profesor se acercaba. Todos gritamos. Corrimos a ordenar, incluyendo las sillas que varios habían acercado para no perderse el espectáculo, y cerré las pestañas a toda prisa. El profesor entró y se alegró al ver que por fin habíamos culminado. Me preguntó sobre el villancico y, sin poder mirarlo a la cara, le dije que prefería terminarlo en mi casa porque no me había alcanzado el tiempo. Detrás de él estaba Ximena, también feliz por haber concluido. El profesor Francisco le decía que era cuestión de tener paciencia mientras la abrazaba. Todos nos miramos entre nosotros con una profunda incomodidad.

Con el paso de los días, el grupo tomó cierta distancia con él, pero nadie dijo una sola palabra; el silencio y la indiferencia fueron la única respuesta de un aula que prefirió fingir que nada había pasado.

Así terminó el año. El profesor Francisco nunca nos volvió a enseñar y dijeron que lo habían trasladado a otra sede. Sin embargo, Ximena lo extrañaba: decía que era un gran profesor y el único que la comprendía, e incluso llegó a confesarme que hablaban mucho en privado, pero pidiéndome que lo guardara como un secreto.

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