La brecha salarial que no debe aceptar
Por Carlos Meneses

La igualdad salarial no se resuelve con discursos. Se demuestra en las planillas, en los ascensos y en las oportunidades. Los S/ 911.6 de diferencia mensual en Arequipa son una señal demasiado concreta como para seguir tratándola como un problema secundario.

El dato debería provocar algo más que preocupación. Según el Instituto Peruano de Economía (IPE), la brecha salarial entre hombres y mujeres alcanzó el 25,5% en el Perú durante 2025. En términos concretos, las mujeres recibieron, en promedio, S/ 557 menos al mes que los hombres. Ellas percibieron S/ 1 631, mientras que ellos alcanzaron S/ 2 188.

Pero Arequipa presenta una diferencia todavía mayor. La brecha salarial llegó al 33,4%. Los hombres obtuvieron un ingreso promedio mensual de S/ 2 728.1, mientras que las mujeres recibieron S/ 1 816.5. La diferencia es de S/ 911.6 cada mes y supera los S/ 10 900 al año.

No estamos ante una discusión meramente estadística. El salario determina la capacidad de una familia para alimentarse, educarse, acceder a una vivienda, atender una emergencia y mejorar sus condiciones de vida. Cuando una parte de la población recibe sistemáticamente menores ingresos, las consecuencias terminan alcanzando a los hogares y a la economía regional.

Es cierto que la brecha nacional se redujo respecto de 2024, cuando alcanzó 27,1%. Sin embargo, la mejora no puede utilizarse para ocultar que la desigualdad continúa siendo considerable. Más aún cuando el IPE encuentra una brecha de 19,7% incluso después de considerar variables como edad, educación, experiencia y ubicación geográfica.

La situación se vuelve más compleja para las madres. La brecha entre padres y madres llega al 33%, frente al 21,3% entre hombres y mujeres sin hijos. La explicación no puede separarse de la distribución desigual de las tareas domésticas y de cuidado. Muchas mujeres deben interrumpir su trayectoria laboral, aceptar empleos de menor productividad o reducir sus posibilidades de capacitación y ascenso.

El problema también empieza antes del empleo. En 2025, el 21,9% de las mujeres de 15 a 29 años no estudiaba ni trabajaba, frente al 12,2% de los hombres. Entre ellas, los quehaceres del hogar fueron señalados como una limitación para buscar trabajo.

Arequipa necesita discutir esta realidad con seriedad. No basta con celebrar sus indicadores económicos, sus inversiones o su capacidad exportadora si una parte importante de su población enfrenta mayores obstáculos para convertir su trabajo en ingresos y oportunidades.

La tarea corresponde al Estado, pero también al sector privado. Se requieren servicios de cuidado, mejores condiciones para la reincorporación después de la maternidad, capacitación y acceso a empleos formales y productivos. Y corresponde fiscalizar que las oportunidades laborales no estén determinadas por el sexo.

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